TIPOGRAFÍA
   Diseño Gérard Blanchard


Las cuatro funciones-signo de la letra

Los semiólogos contemporáneos, que intentan circunscribir la especificidad de los sistemas de signos, han demostrado la importancia de los signos que representan un funcionamiento, un uso semi-autónomo, y que no sólo significan la palabra escrita, sino que surgen de ese mismo funcionamiento.

La tipografía es heredera de dos formas alfabéticas que derivan la una de la otra: la forma mayúscula y la forma minúscula.


Las mayúsculas

La forma mayúscula es la forma más antigua de escritura, derivada de la transformación de signos pictográficos. Fue con ello, que se produjo la invención del alfabeto por los fenicios, más tarde complementado por los griegos y transmitido definitivamente a Occidente por los romanos, con la excepción de las últimas transformaciones del alfabeto cirílico de los pueblos eslavos.

La función de inscripción de esta forma se transmite hasta la actualidad. El Código tipográfico (que recoge los usos normalizados y establecidos por la imprenta) pone de relieve la función particular de las capitales o mayúsculas para señalar los nombres propios y balizar las partes del discurso: frases, párrafos o -en poesía- inicio de los versos.


Las minúsculas

La forma minúscula, por su parte, determina la incidencia histórica hacia la cursividad. El hecho de escribir a mano las formas grabadas en piedra conduce a una serie de redondeamientos sucesivos y de trazos alargados que acentúan la libertad de las horizontales para estirarse hacia arriba y hacia abajo (astas y colas). En realidad, la tipografía es heredera de dos formas de escritura bien diferenciadas en las que la minúscula (o letra de “caja baja”) se utiliza para componer el texto corriente. Ya en la época de Gutenberg (mediados del siglo XV) la minúscula se había convertido en la “escritura de Libro” por excelencia. Se trata de la segunda función-signo, que posee sus propias leyes de utilización, recogidas por el Código tipográfico.


Las cursivas

Otra escritura, derivada de la que utilizaban los calígrafos, es la llamada “itálica”, que es en realidad la cursiva o bastardilla. La creó en 1501 Aldo Manuzio y procede de la cancilleresca, es decir, de la escritura que se utilizaba en las cancillerías romanas, principalmente en las pontificias.

Esta escritura, cuyas formas son más cursivas que las de la minúscula normal (llamada “romanilla”), irá tomando un valor de oposición y de señalización en los textos. La historia de las formas de la bastardilla, según sea cancilleresca, itálica o simplemente inclinada, demuestra que en la tipografía se ha producido una progresiva normalización de las formas cursivas, normalización que se corresponde con un progreso técnico, e incluso tecnocrático, que no deja de tener razones ideológicas.

La función-signo cursiva está perfectamente determinada en el citado Código, en el que representa la diferencia: citas en el texto, diferencias de estilo entre lo directo y lo indirecto, cambios en el tono, etc.


Las ornamentadas

La cuarta de las funciones-signo merece ser considerada aparte. Se trata de la letra ornamentada, que interviene principalmente en la señalización de los textos para la compaginación. La ornamentación se añade a la letra y le confiere un sentido particular (florida, inicial, titular). En ocasiones, por ejemplo en el caso de determinadas capitales de la escritura gótica o inglesa, el propio conjunto de la letra se convierte en una ornamentación.
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