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| Comunicación | Alberto Borrini El resultado es ampliamente conocido: el socialista José Luis Zapatero ganó con holgura los recientes comicios generales en España, derrotando por segunda vez al postulante opositor Mariano Rajoy, aunque no pudo llegar a la mayoría legislativa que esperaba. Depende ahora de las alianzas que pueda concertar con partidos de la izquierda para imponer sus iniciativas en el Congreso. Los diarios argentinos informaron exhaustivamente sobre estos comicios, tan cercanos por razones obvias a nuestro país; el propósito de esta columna es retroceder unas semanas y desmenuzar los debates televisados, que retornaron a España después de quince años de abstención. Se hicieron dos, con una semana de diferencia. Joaquín Sabina fue uno de los pocos partidarios de Zapatero, que al término del primer debate confesó que lo dio por perdedor ante Rajoy. En su opinión, Zapatero no había podido plantear su posición con suficiente claridad y firmeza, y se vio obligado a ceder terreno a un arrollador y furibundo Rajoy. Muy honesto lo suyo, porque Zapatero lo había nombrado a él, a Serrat y también al héroe del momento en España, Javier Bardem, ganador del Oscar como actor de reparto ( me hizo acordar cuando Felipe González encartó los goles de Butragueño, astro de la selección española de fútbol, en su campaña electoral, coincidente con el Mundial de México, si la memoria no me falla ). De esta manera Zapatero logró vincular los tres ídolos populares a su campaña. Vi con atención los dos debates por TVE. Ni Zapatero ni Rajoy estuvieron brillantes, pero Zapatero consiguió impresionar mejor a la audiencia que su rival. Así lo entendieron la mayoría de los observadores españoles y extranjeros, y así también lo reflejaron las encuestas posteriores, que mostraron un aumento de la diferencia en intención de voto que ya tenía el presidente en ejercicio. Los dos debates fueron bastante similares. Zapatero salió del estudio luego del segundo sintiéndose vencedor y encaminándose hacia un victoria más segura y en busca de una mayoría en la Legislatura que no logró. Pero si bien Rajoy perdió por varios puntos, aumentó la cantidad de votos conseguida en las elecciones de 2004. No fue una derrota tan amarga para los populares. Sería una imprudencia de mi parte que, desde Buenos Aires y sin conocer de cerca las alternativas de la política y la economía españolas, intentara referirme a cuestiones de fondo de los debates. Sólo intentaré hacer, como estudioso, o mejor estudiante de la comunicación y veterano observador de debates en varios países, algunas reflexiones acerca de la forma, que en política y durante las campañas suele ser tan decisiva como el fondo, sobre todo desde que, como advirtió Giovanni Sartori, el “homo sapiens” se convirtió en “homo videns”. Desde una perspectiva técnica los debates fueron, en verdad, impecables. Llegaron a más de 11 millones de televidentes, a través de decenas de emisoras. La cobertura previa fue muy pulcra, al recoger las cámaras la llegada al estudio, por separado, de los dos candidatos. El trato de las autoridades de la Academia de Artes y Ciencias de la Televisión, organizadora de los debates, fue escrupulosamente igual para los dos. El estudio era muy claro, despojado, diría que hasta aséptico. Prometía un debate tranquilo, y con mucho respeto mutuo. Pero no llegó ni a lo uno ni a lo otro. Desde el primer módulo, Rajoy se abalanzó sobre Zapatero con sus críticas a la gestión de los últimos cuatro años; críticas de orden económico ( la crisis de las hipotecas bancarias golpeó fuerte a las finanzas del país, y está aumentando el desempleo ), educativo ( España relegó varias posiciones en el ranking europeo que evalúa la calidad del sector ) e inmigratorio ( un problema central de la mayoria de los países de la región). En general, el tratamiento de los temas confirmó el escepticismo que, acerca de los debates, habían manifestado en las entrevistas previas representantes de amplios sectores del electorado. Fueron dos monólogos “cara a cara”; no se espera que haya diálogo directo en un debate, pero ni Zapatero ni Rajoy respondieron a las cuestiones importantes que quedaron flotando, y se dedicaron a increparse duramente, tratándose recíprocamente de mentirosos e invadiendo el turno del adversario ante moderadores que no ejercieron su autoridad. En este aspecto fueron debates entre latinos, muy alejados del modelo general, los que se realizan en los Estados Unidos, donde nació la herramienta. La competencia entonces se libró principalmente en terreno de las aptitudes televisivas, donde el aplomo, la simpatía y el carisma cuentan mucho. Y en este campo Rajoy llevó las de perder. Tanto, que se esperaba un resultado mucho más negativo para los populares que el que se dio. No dejó de sorprenderme la energía tranquila que desplegó Zapatero. Politico que escapa a los moldes latinoamericanos, de aspecto inocente, casi angelical, con ojos de gacela que durante la campaña de 2004 le valieron el apodo de “Bambi”, sacó de la manga una dureza de expresión insospechada para los que no estamos familiarizados con su estilo. No debía haberme sorprendido, sin embargo, porque algo me hizo revisar un reportaje que le hice, para publicar en La Nación, a Juan Campmany, su asesor publicitario, en 2005. Le pregunté a Campmany cómo se las había arreglado para ayudar a triunfar a un político poco carismático y en ese entonces poco conocido popularmente ( recordar que en 2004 todo el mundo apostaba a Rajoy, hasta que el sangriento atentado terrorista en Atocha, mal manejado por el Partido Popular, cambió radicalmente las cosas ), y con sólo un año de antigüedad en la presidencia del PSOE, por entonces en la oposición. Reproduzco textualmente su respuesta: “La tranquilidad de Zapatero ponia nerviosos a los partidarios y muy felices a los adversarios. Hasta yo caí en la tentación de sugerir un cambio, pero rápidamente comprendí que sus puntos presuntamente débiles eran, en realidad, los más fuertes. Un candidato no es un actor. No representa un papel en una comedia. Nuestro trabajo consistió en mostrarlo como es”. De nuevo, no puedo opinar “cómo es”, en la realidad, Zapatero; si es capaz o no de cumplir su promesa poselectoral de “gobernar mejor y con humildad”. Menos aún cuando una foto de agencia lo mostró, en su primr converencia de prensa, hablando desde un enorme atril con forma de Z. Sí puedo hacerlo desde la “otra realidad”, la de la comunicación. El estilo de Zapatero, al menos en televisión, le confiere una mayor credibilidad. ¿Por qué?. Una de las razones la explicó Manuel Vicent en un comentario periodístico publicado en el diario El País de Madrid. Rajoy, dijo, espantó con sus enojos y sus ojos encendidos a muchos televidentes. A su juicio, Rajoy habló como si el estudio fuese una tribuna callejera, alzando la voz (y hasta quedándose sin oxígeno en algunos pasajes, añado por mi parte ) mientras que Zapatero lo hizo serenamente como invitado respetuoso y deseoso de parecer simpático a millones de televidentes que asistían al espectáculo en sus hogares. En la pantalla, en efecto, la convicción está muy vinculada con la forma. Una gran lección. Lástima que no es nueva, porque Vicent olvidó señalar que Marshall McLuhan y Tony Schwartz dijeron algo parecido cuarenta años atrás. La televisión exige un lenguaje light, un mensaje íntimo y personal; también es traicionera, porque en algún momento el candidato más “producido” pierde la compostura y queda pagando ante millones de testigos. La televisión es como los rayos X. De paso, no tolera el abuso de gráficos, de números y de estadísticas, pero en este aspecto si hubo empate, porque los dos cayeron en el mismo error. Y seguirán cayendo los políticos que no entiendan que cada medio tiene su propio lenguaje, y que desconocerlo, olvidarlo o violarlo, puede ser fatal. Más cuando faltan pocas horas para las elecciones y es demasiado tarde para que el perdedor pueda ensayar una recuperación, aunque su propuesta, que no logró transmitir, haya sido mejor que la del ganador. |
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